Misión de fin de semana´19 (Albacete):

La misión larga de Albacete ha sido algo distinta de lo que acostumbramos, pero sin duda muy especial. Ya desde el principio se veía un detalle y un cuidado especial en todo: desde la paz de Albacete, la casa de ejercicios donde dormíamos y el entusiasmo y las ganas de todas las misioneras.

El primer día, por la mañana nos anunciaban que pasaríamos el día en un comedor social, una actividad distinta y nueva para nosotras, y aparentemente más “aburrida”. Pues bien, no me pudo gustar más. Descubrí que es en ese trabajo, ese dar(se), escondido y silencioso donde más alegría hay. Al principio, parecía que hacíamos algo que se quedaría ahí, que no tendría más frutos. Otra vez me equivocaba jajaja… ¡nada más lejos de la realidad! Solo teníamos que abrir un poco los ojos y mirar ya que es en ese mirar donde te das cuenta de que los frutos ya están ahí: desde la alegría de esos voluntarios habituales que sacrifican cada mañana de sábado para dar, hasta la sonrisa de esa persona sin hogar con una mirada limpia y agradecida, no solo por el plato de comida que le ofrecíamos, sino más bien por la acogida y el reconocimiento de su dignidad de persona que recibía de todos nosotros.

Había una sencilla alegría en cortar tomates o barrer el suelo que radicaba en esa entrega en lo escondido, discreta, como lo hace María, siempre tan atenta y delicada, especialmente cuanto más “insignificante” parezca la tarea.

El segundo día fuimos a una residencia de personas con unas discapacidades bastante notorias. A pesar de que ya nos había avisado otro grupo de misioneras de la impresión que nos podría causar al principio, compartimos una sensación general de gran confusión al entrar. A veces nos pasa que vivimos en un mundo lleno de prisas en el que se valora muchísimo el hacer, mientras que se olvida el ser. Qué curioso que justo estas personas que no podían hablar ni moverse, nos recordaran la importancia del ser. Nosotras que íbamos a animarles, alegrarles, cantarles… al final, a la mayoría de ellos les bastaba agarrar tu mano y mirarte sonreír, sentir el calor humano y escuchar las canciones que les dedicábamos. Me llamó mucho la atención lo poco (que no es tan poco) con lo que se conformaban: con que estuviéramos les bastaba.

Cuando ese mismo día nos reunimos con las de Valladolid en el Cerro de los Ángeles, era increíble ver las sonrisas de felicidad y escuchar las historias de cada una. Sin duda ha sido una misión muy especial en la que el Señor nos ha regalado mucho más de lo que jamás podamos entregar.

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